Esta Historia nos Demuestra que Nunca es Tarde para Comenzar desde Cero

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Dedicado a todos los que sienten temor de dar un giro de 180 grados en su vida porque creen que ya es demasiado tarde.

Buenamente.com comparte un relato cuyo protagonista confirmó que para comenzar a vivir tu vida no existe ningún plazo. Antes de retomar los estudios, Andrei renunció a su empleo, dando un cambio drástico así a su modo de vivir con 49 años de edad. Al pasar ahora cuatro años de ese momento, se graduó como abogado, algo con lo que siempre soñó y hoy conoceremos cómo fue su proceso.

Todo comenzó desde el momento en que, por cosas del destino, mi hermana echaba un vistazo al diario y encontró un anuncio donde un abogado necesitaba un asistente con las aptitudes para redactar textos a gran velocidad en el ordenador. Ella no dudó en marcarme, y me dijo: «Siempre quisiste estudiar Derecho y tengo entendido que se te da muy bien escribir. ¿Por qué no pruebas tu suerte?». Y era cierto, siempre anhelé estudiar Leyes desde pequeño. Lo que me paraba era el hecho de saber que a mi edad (50 años), ya era un poco tarde para comenzar desde cero. Y temí de que no fuese a funcionar.

Obtuve el título de licenciado en Química, laborando en la cadena de suministro desde mis tiempos de estudiante. Si bien no me apasionaba esta carrera, me gustaba el hecho de que tenía un horario flexible. También tenía la oportunidad de trabajar muy cerca de mi hogar y así atender a mis padres enfermos, dado que siempre son requeridos los suministradores.

Tanto mi mamá como mi papá fallecieron, y desde ese momento tuve la idea de que no estaría tan mal dedicarme a otra profesión, puesto que contaba con más tiempo libre. El problema era que veía muy difícil ser abogado y de la nada llegar a una notaría diciendo que quería ser contratado ahí. Pensaba que era necesario contar con años de experiencia universitaria, por lo que mi indecisión y falta de certeza retrasaron un poco el cambio de rumbo.

Pero algo curioso pasó. Me armé de valor y ya con unas cuantas operaciones en mis articulaciones, bastón en mano, me dirigí a la notaría preguntando si requerían a un asistente. Dije que tenía cualidades para redactar sin mirar al teclado, y que no contaba con el título de abogado pero que había ganado un juicio yo solo hace algún tiempo atrás cuando un banco quemó todos mis fondos al quebrar. Sin mencionar mis amplios conocimientos en las leyes, y mi disposición para recibir cualquier sueldo, por pequeño que fuese. Al realizar una prueba para mi futuro jefe, fui contratado con un sueldo inicial de 350 dólares, que iría creciendo de acuerdo con mi desempeño. Desde ahí empecé a ser un asistente de abogado.

Debo reconocer que tuve una doble vida por varios años, y de qué forma, pues antes de irme a la cama leía el Código Civil, cuando trabajaba contabilizaba los bienes materiales, y en el tiempo que tenía libre estudiaba leyes. La razón de mi pasión por las leyes comenzó cuando tuve una cita con un abogado, la cual fue un rotundo fracaso, ya que él no quería reconocer los beneficios de mi papá, cuando me tocaba a mí ejercer mi derecho a herencia. Este hecho me indignó enormemente y al presentar una queja, convencí con mis argumentos. Fue tanto así que el abogado en cuestión luego se disculpó conmigo por no haberse dedicado a mi caso lo suficiente. Hasta nació una amistad de eso. Después de todo no era un mal abogado.

Me vi inspirado por este caso, y así comencé a ofrecer ayuda a mis amistades, corrigiéndoles los textos de sus contratos y componiendo sus demandas. Esto me permitió darme cuenta de lo mucho que se aprovechan los funcionarios de nuestra ignorancia en el campo del Derecho. Por lo que supe que sólo había una forma de darles una cucharada de su propia medicina, y era prestando mucha atención a las leyes para que no me tomaran por tonto. Por si fuera poco, al mismo tiempo disfrutaba de la experiencia y sentía un orgullo muy grande cuando ganaba un caso.

Y así fue como en un consultorio de la notaría comencé a adiestrarme como abogado, suscribiéndome a las novedades del marco legislativo, sistematizando leyes y reglamentos dependiendo del tipo de derecho civil. También me instruí con literatura especializada y así comprendí la diferencia abismal entre ser un abogado profesional y un amateur. Aún así, me hacía falta el conocimiento de las bases de derecho, y obviamente sin contar con un título no podía soñar con una promoción en mi profesión. Pero mi jefe me alentaba diciéndome que aún estaba a tiempo de estudiar las leyes. Sin embargo, tuvo que pasar un año hasta que decidí inscribirme en la facultad. Lo que más me inquietaba era el hecho de ver clases con personas mucho más jóvenes que yo, y estudiar en una universidad de poco prestigio, por lo que finalmente me registré en el Instituto Nacional de Derecho, luego de haber estudiado los diversos rankings de escuelas de derecho.

Después de unos meses fue que pude revelar en mi lugar de trabajo que estaba estudiando de nuevo. Pero conseguí habituarme a ello, a pesar de que mi atención y mi memoria fallaban un poco. De hecho, he de admitir que mis notas fueron perfectas y solo en una ocasión obtuve un 8, lo cual me permite afirmar con total seguridad que no hay límite de edad para estudiar.

Ahora sé que puedo estar satisfecho conmigo mismo, porque soy dueño de mi destino y mi vida profesional se desarrollaría de acuerdo a mis decisiones y no a arbitrariedades como pasaba cuando era más joven. Sin mencionar mi excelente rendimiento académico y mi diploma.

Hace falta valor para comenzar desde cero y tomar otro rumbo a tus 49 años cuando los demás solo piensan en la jubilación. Esto era lo que mis amigos me decían todo el tiempo. No obstante, yo lo veía de la otra manera, pues para mí fue un verdadero alivio cambiar de ocupación, dado que trabajar sólo por dinero ya no era necesario. Por suerte, para los abogados no existe límite de edad, lo cual me da tiempo para ser exitoso en mi profesión. Me atrae el hecho de que un notario explica deberes y derechos a las dos partes, tal y como lo haría un réferi.

Lo que me levanta y me hace sentir realizado es ver que gracias a mis conocimientos profesionales puedo aportar mi grano de arena en la defensa de los derechos de las personas, lo cual veo como mi meta en la vida.

En tan solo nueve meses, desde el momento que comencé como empleado en la notaría, rebasé lo que ganaba como suministrador, cuya cifra incrementaba cada tres meses. Finalmente obtuve mi título y actualmente me encuentro alistándome para conseguir mi credencial profesional. No veo utópico mi futuro en la piel de un abogado, pues soy consciente de dónde estoy y de la buena vida que llevo. Vencí mi temor, mis conflictos internos y ahora mi nivel de motivación es enorme, lo cual pudiese parecer un poco arrogante, pero mis ganas de contribuir con el progreso de mi país en el ámbito jurídico son mayores. Hallar mi verdadero camino fue el detonante para sentir que mi vida vale pena. No me arrepiento de nada.

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